La forma en la que te vinculas determina la calidad de tus vínculos, la calidad de tus vínculos condiciona la calidad de tu sistema nervioso. Los vínculos forman parte de nuestra biología. El apego seguro, la reciprocidad y la reparación, son condiciones básicas que comunican seguridad al cuerpo. Necesidades que solo pueden ser satisfechas por un otro.
La dependencia emocional es un tema que, de un modo u otro, nos toca a todos, y en cierta medida todos dependemos de todos, nadie es absolutamente independiente.
Los seres humanos nacemos totalmente altriciales: necesitamos de otros para sobrevivir. Esta moda instagrameable de conquistar nuestra independencia, ser autosuficientes y no necesitar nada de nadie, no hace más que crear incoherencias y conflictos internos.
Es luchar contra nuestra propia biología y nuestro instinto más primitivo de supervivencia: nuestro sistema de apego. Ese impulso que nos lleva a la conexión y a los brazos de quienes, desde que nacemos, están al cargo de esa dependencia.
Otra cosa bien distinta es conquistar nuestra dependencia: pendular de forma equilibrada entre nuestra independencia y nuestra dependencia, entre la cercanía y la distancia, aprender a estar conmigo, pero también a estar con otros.
Esta experiencia de desprotección con la que venimos al mundo nos hace que seamos totalmente dependientes, nacemos con todo el programa de lo que vamos a necesitar, pero sin desarrollar, estamos completos, pero no concluidos. Para que este programa se desarrolle necesitamos estar en relación con un otro, y no solo en los primeros años de vida, los humanos nos alargamos mucho más, incluso en la adolescencia seguimos dependiendo en cierto modo.
Es en los primeros años de vida en los que se va a codificar nuestro estilo vincular, nuestra capacidad de andar junto a un otro sin fusionarnos, nuestra autonomía e interdependencia.
¿De qué va a depender esto? Dependerá de la calidad de nuestros primeros vínculos, y no solo de la capacidad de nuestros cuidadores de satisfacer nuestra dependencia, es decir nuestras necesidades, sino de otros factores importantes como:
- La estructura: cómo era el sistema de organización y comunicación en la familia.
- La estimulación: qué espacio había para la exploración, cómo se regulaba la distancia, cómo se regulaba la autonomía.
- El contacto: cómo era la conexión en el vínculo, cómo se regulaba la cercanía, cómo eran los afectos.
El cómo se codifica esto, marcará nuestros niveles de independencia y dependencia. Y como siempre digo, ninguno de los extremos es sano.
El desequilibrio está en los extremos = un sistema nervioso central bloqueado o desregulado.
Si los seres humanos vivimos tanto tiempo en una relación de dependencia, lo natural es que, en la adultez, de alguna manera, tendamos a la dependencia en algunos aspectos. De hecho, en todas las heridas emocionales, hay un poco de dependencia, y no conozco todavía a nadie que no porte ninguna herida.
Han sido muchos años en los que nos era imposible mentalizar que existen otras formas de hacer, en los que todo era muy intenso y en los que no teníamos nuestros propios recursos. En todos nosotros quedamos esa impronta (huella) de necesitar a los padres. En nuestra infancia no tuvimos elección, dependíamos completamente de mamá o papá para sobrevivir, y para eso necesitábamos su aceptación, su aprobación, su reconocimiento y no teníamos más remedio que sobreadaptarnos.
Todo lo relacionado con la dependencia emocional tiene que ver con nuestra etapa de dependencia. Venimos apegados y el objetivo es desapegarnos, venimos dependientes y el objetivo es volvernos autodependientes.
Si este proceso NO se ha construido bien, nos inclinaremos hacia la dependencia o hacia la independencia.
Quien asegura querer estar siempre solo está sobreactuando (consciente o inconscientemente), algo pasó muy doloroso con otros que codificaron un “mejor solo”; ahí también hay herida, probablemente con creencias del tipo: “en la conexión está el peligro”, “no puedo confiar en nadie”, “si dejo que te acerques me harás daño”, “nunca habrá nadie ahí para mí”, …
Cuando este proceso de estar apegados a desapegarse se ha construido de forma correcta y sana, se experimentará como:
“Es normal que no le guste a todo el mundo y eso no dice nada malo de mí”, “yo te elijo y si no me eliges me dolerá, pero lo aceptaré y estaré bien con eso”, “prefiero que me acepten, pero si no lo hacen yo estará bien conmigo”, “me gustaría que las cosas me salieran bien, pero si falla no pasa nada”, “si te vas eres libre, lo aceptaré, quizás con pena, pero me recompondré”, …
Las personas dependientes no pueden elegir porque “necesitan”. Viven inmersos en juegos de proyecciones y contra-proyecciones: “como no me valido busco todo el tiempo que me validen fuera”, “como yo no me elijo haré lo necesario para volverme imprescindible para otros”, “como no me valoro te idealizo”, “como no me ocupo de mí toda mi energía está en ocuparme de ti”, “como no aprender a estar conmigo no sé estar sin ti”, etc.
Estas estrategias de supervivencia (protección) pueden ser muchas y muy variadas, la persona dependiente siente con ellas, que de alguna manera tiene control, pero en realidad perpetúa su necesidad de que el otro la necesite y se queda, porque cuando era pequeña y no podía elegir quienes tuvieron que generar en ella el “tú eres capaz”, “eres valioso” o “inténtalo”, no lo hicieron bien.
Por tanto, insisto:
Desde que nacemos y hasta que morimos, amar es lo natural, confiar es lo natural, apegarnos, expresar nuestra vulnerabilidad, necesitar de otros, recurrir a esos otros en busca de consuelo, tomar la ayuda y el amor de esos otros es lo natural, conectar es lo natural.
Si te reprimes en algo de esto, te lo niegas, te incomoda, lo temes o te resulta complicado/doloroso … Entonces ahí, hay heridas.
Nuestros vínculos tienen el enorme poder de regular nuestro sistema nervioso y hasta de cambiar la historia que tenemos escrita acerca de nosotros mismos. Cada gesto de disponibilidad, de consistencia o de ternura del otro es un mensaje fisiológico que le dice a tu sistema: puedes confiar, estás a salvo, no tienes que defenderte.
La forma en la que te vinculas determina la calidad de tus vínculos, la calidad de tus vínculos condiciona la calidad de nuestro sistema nervioso. Los vínculos forman parte de nuestra biología. El apego seguro, la reciprocidad y la reparación, son condiciones básicas que comunican seguridad al cuerpo.
Parte de nuestra sanación implica reconocer qué señales está recibiendo tu sistema nervioso en la cercanía y en la distancia con un otro, así como aprender a crear y leer vínculos seguros que lo fortalezcan en lugar de debilitarlo.
Donde hay defensas, hay heridas, y donde hay heridas no sanadas, hay dolores y miedos que siguen vivos.
Nos dañamos en los vínculos y nos sanamos en los vínculos (seguros).
Para ampliar toda esta información y comenzar a trabajar en tus heridas de apego (dependencia) Tienes mi manual «Heridas de apego. Cómo aprendí a vincularme y cómo desaprenderlo» (manual para consultantes y terapeutas)
Espero de corazón que todo lo que te comparto te sea de gran ayuda e ilumine ahí donde más lo necesites.
Un abrazo lleno de luz y fuerza✨
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