TRAUMA: Del griego τραῦμα traûma, que significa ‘herida’.

1. m. Choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente.

2. m. Emoción o impresión negativa, fuerte y duradera.

 

El trauma (o herida), es el resultado de una experiencia dolorosa, aquello que nos superó y ante la que no pudimos o no supimos asimilar. Una situación ante la que nos vimos indefensos y vulnerables, sin recursos; las emociones se quedaron «estancadas», sin liberar.

 

Aquella experiencia se quedó grabada en nuestra psique, nuestro cuerpo y nuestra emocionalidad junto con todos los datos que recogieron nuestros sentidos. Se quedó ahí, haciendo de filtro para todas las experiencias de nuestra vida, condicionando nuestra forma de vivir.

Se convierten en esas gafas a través de las cuales vemos nuestra realidad: las emociones que sentimos, las sensaciones de nuestro cuerpo, los impulsos que nos llevaron a tener determinados comportamientos, la forma en la que nos explicamos lo que sentimos y hacemos, nuestras frustraciones, deseos, conflictos… NOS CONDICIONAN.

No solo nos dejaron una forma de ver la vida sino de experimentarnos a nosotros mismos y a los demás; hacen que desarrollemos una determinada «personalidad», un sistema defensivo y protector (máscara) que consideramos que nos ayudará a defendernos del entorno. Detrás de esas máscaras, vamos escondiendo esa parte auténtica de nosotros que vamos entendiendo que es «peligroso» mostrar.

Tuvimos que elaborar nuestras propias explicaciones para comprender lo que sucedió y así prevenirnos para futuros acontecimientos. En base a nuestra propia interpretación creamos nuestras creencias (acerca de nosotros, de los demás, de la vida)

De alguna manera aprendimos que esa parte auténtica ya no debe salir (está herida), sacamos a pasear a la parte que la protege, la parte que «debe ser», nuestro escudo protector; nos hemos dividido internamente. Esta división se repite con cada situación o experiencia traumática (las que nos hicieron sentir indefensos, desprotegidos, sin recursos…) creándose en nuestro interior diferentes partes: las heridas y las máscaras (o roles). Dividimos el dolor para poder soportarlo. 

Se crea un espacio entre mi auténtico ser y lo que muestro al mundo (mi coraza, mi rol, mi máscara), un espacio lleno de dolor, compuesto por muchas emociones enquistadas (sin liberar, sin digerir) principalmente: miedo, tristeza, enfado, culpa y vergüenza. Estas emociones componen las «capas de dolor» que recubren nuestro auténtico ser, junto con las experiencias traumáticas, los pensamientos, sensaciones y creencias asociadas.

 

PATRONES DE COMPORTAMIENTO (AUTOMATISMOS)

 

Aprendimos un comportamiento que nos ayudó a «sobrevivir» (evitar el dolor), conforme fuimos repitiéndolo se fue grabando de una forma más profunda pasando a ser un «patrón de comportamiento», que equivocadamente, creemos que es nuestra forma de ser cuando en realidad se trata de un condicionamiento. Cuanto más repetimos el patrón (estímulo-emoción-reacción), más se imprime en nosotros y más difícil de cambiar se vuelve. Este comportamiento fue nuestra mejor opción para afrontar nuestras circunstancias.

De manera que, cuando aparece algún estímulo externo (persona, lugar, palabra, pensamiento, emoción…) que se parezca de alguna forma o me recuerde a aquel acontecimiento en el que me sentí indefensa, aquella escena se activará al completo haciéndome sentir igual que aquella vez, misma emoción, misma edad, mismos pensamientos, misma intensidad… vuelvo a sentirme aquella niña indefensa y sin recursos. Reaccionaré con mi escudo protector de forma automática (inconsciente).

 

Solo cuando nos hacemos conscientes de ese patrón y de qué ha hecho que «seamos como somos», que condiciones y qué circunstancias; entonces podremos transformarlo.

 

Hasta que no trabajamos y tomamos consciencia del dolor y hasta que no hagamos reconexión con nuestro auténtico ser,  aquellos conflictos que no hemos resuelto (inconclusos), seguirán presentes. Tendremos problemas para relacionarnos y para mostrarnos como realmente somos sin tener que escondernos detrás de los «escudos» que formamos para protegernos de nuestro dolor. Seguirán repitiéndose las mismas escenas una y otra vez (podrán cambiar los personajes y el escenario, pero la esencia y el dolor serán los mismos).

 

CREENCIAS

 

Una de las capas de dolor (coraza) que rodea nuestro autentico ser, está formada por emociones desagradables y  creencias limitantes asociadas acerca de nosotros mismos. Estas emociones son las que no supimos/pudimos liberar, y las creencias son las explicaciones que nos dimos de la experiencia y del por qué sentimos esas emociones.

Para poder deshacer esas capas de dolor y librarnos de los automatismos (patrones de comportamiento), debemos cambiar las creencias que nos limitan y hacernos conscientes de que esos patrones ya no nos son funcionales, ya no los necesitamos. Un trabajo que se hace desde la aceptación y el respeto por lo que esos condicionamientos han significado para nosotros.

Nos hacemos conscientes de estas creencias cuando queremos alcanzar un sueño, una meta o un objetivo. Pero siempre están operando en automático condicionando nuestra forma de actuar, de elegir, de relacionarnos y de vivir.

Para comenzar a trabajar con ellas te propongo hacerte una serie de preguntas con respecto a una meta u objetivo que se te resiste:

 

«NO PUEDO» = DESESPERANZA

Creencias que vienen de la infancia, posiblemente, de niños quisimos hacer algo y no teníamos desarrolladas ciertas destrezas o no tuvimos el apoyo para aprenderlo.

¿Por qué creo que no es alcanzable?
¿Cómo sí lo sería?
¿Qué me impide realmente conseguirlo?
¿Quién sí ha podido?
¿Cómo me puede ayudar eso?

 

«NO SÉ»/»NO SOY CAPAZ» = IMPOTENCIA

Pueden ser consecuencia de la poca paciencia de nuestros cuidadores, que en lugar de enseñarnos a hacer las cosas, lo hacían por nosotros (aunque con la mejor de sus intenciones).

¿En qué me baso?
¿Es cien por cien real?
¿Qué he hecho hasta ahora para conseguirlo?
¿Cómo sí sería capaz?
¿Qué tiene que pasar para que lo consiga?
¿En qué medida eso depende de mí?

 

«NO SOY SUFICIENTE»/»NO ME LO MEREZCO» = INDIGNIDAD

Hacen referencia a mi sentido de identidad, a cómo me veo yo a mí mismo y aprendí a verme a través de los ojos de mis figuras de referencia. Fue a través de mi vínculo con ellos que cree conclusiones acerca de quién soy. El problema viene cuando me identifico con mis condicionamientos, con experiencias desagradables y dolorosas, con mis pensamientos, con mis emociones… Terminamos siendo reflejo de las carencias de nuestros padres/cuidadores.

¿De qué me siento orgullosa en mi vida?
¿Qué he hecho bien en estos últimos meses?
¿Y en este último año?
¿Qué me dicen los demás que hago bien?
¿Qué me suele agradecer la gente que me quiere?

**Estas preguntas son generales, modifícalas para que se adapten a ti y a tu situación.

 

Aprendimos a mirar el exterior para tener referencias de lo que somos o de cómo tenemos que comportarnos, ya que nuestros guías y referentes fueron nuestros padres o cuidadores, más tarde profesores y otras figuras de referencia cercanas.

De manera que, llegamos a la adultez con creencias de niños basadas en las carencias de papá y mamá (o cuidadores), reforzadas a su vez, por la inseguridad «engordada» del tener que mirar todo el tiempo fuera para saber si «lo estoy haciendo bien» y si «soy válida y apta para la vida».

Las creencias que más daño nos hacen y más nos limitan, son las que tenemos acerca de quiénes somos, y lo más alarmante, es que las más importantes las formamos antes de los 7 años ( «no sé», «no puedo», «no soy suficiente») y aún hoy siguen vigentes ¡No nos las cuestionamos! Junto a esas creencias sobre nosotros mismos, nos fuimos (y vamos) armando de mecanismos y estrategias que nos permitían sobrevivir (física, psicológica y emocionalmente).

 

¿Qué significa esto? Que para recibir cariño, amor, ser vistos, atendidos, reconocidos y validados como necesitábamos, tuvimos que elaborar diferentes «formas de ser, de estar y de parecer», que enterraban cada vez más al fondo a nuestro auténtico SER (nuestra E S E N C I A = lo NO condicionado).

Todo eso conforma nuestra coraza, nuestro «lugar seguro», lo que consideramos el «yo», «lo que soy». Hoy seguimos con la coraza puesta, buscando respuestas ahí fuera, repitiendo comportamientos y escenarios que confirman lo que creemos que somos (determinados, condicionados y limitados).

No te voy a decir que te quites la coraza (cumple una función si la utilizas a tu favor), te voy a invitar a que te hagas consciente de que se trata de una estructura defensiva que te has ido creando para protegerte del exterior, pero eso NO ERES TÚ.

Un paso clave para desprenderte de esos condicionamientos, mecanismos y patrones es la «desidentificación»: no eres lo que piensas, no eres lo que sientes, no eres esa coraza.

¿En quién te tenías que convertir para recibir atención, afecto o para ser vista o amada?
¿Con quién te comparabas para saber si eras adecuada?
¿Con quién te comparaban?
¿Cómo te sentías de capaz en la infancia?

¿Qué partes de ti escondías para ser aceptada?
¿Qué gustos cambiaste para estar a la altura?
¿Qué caminos dejaste de tomar para encajar?

VOLVER A CONECTAR CON NUESTRO AUTÉNTICO SER 

 

El trabajo con el niño interior nos ayuda a conectar con esas partes divididas que siguen heridas, con esas memorias que siguen tan vivas; nos ayuda a re-significar nuestra historia, aquello que pasó, liberar las emociones, cubrir las necesidades de nuestro niño y así, cerrar lo inconcluso.

Sanarnos significa rememorar el pasado y dejar salir el dolor que nos sigue afectando en el presente y condicionando nuestro futuro. La energía de esa emoción que sigue activa es lo que nos está afectando, junto con la interpretación que le damos a aquella experiencia y las creencias asociadas.

 

Cualquier experiencia pasada que al recordarla en el presente nos afecte emocionalmente y nos genere cierto malestar, significa que sigue estando activa y que en cualquier momento nos puede hacer revivirla de nuevo intensamente, esto sucederá hasta que liberemos la emoción y sanemos la herida.

 

Sanar implica volver a conectar las partes que quedaron divididas y una forma de hacerlo es el diálogo con nuestro niño interior, es una forma de objetivizar la herida y verla desde el adulto lleno de recursos que eres hoy. Puedes ayudarte de una fotografía de aquella época en la que se creó la herida, obsérvala unos minutos y cuando te sientas preparada cierra los ojos e imagina a ese niño o niña que fuiste, está delante de ti. Trátalo como si de un niño de carne y hueso se tratara, acércate poco a poco, pidiéndole permiso. Cuando hayas podido tener contacto puedes comenzar preguntándole «¿qué ha pasado?»:

 

  1. Identifica a tu niño herido. ¿En qué formas se manifiesta?
  2. Entiende sus circunstancias. ¿Qué tuvo que vivir?, ¿Cómo lo interpretó?, ¿Cómo se sintió?, ¿Qué tuvo que hacer para «sobrevivir»?
  3. Libera las emociones. ¿Cuál es su mayor dolor?, ¿Qué se quedó esperando?, ¿Qué necesita?
  4. Entender sus vacíos. ¿Qué figura amorosa le habría hecho falta?, ¿Cómo le hubiese gustado que actuaran sus figuras significativas?
  5. Comprometernos con nuestro niño interior. Ser para él, el adulto amoroso que necesitó en aquel momento. Proporcionarle aquello que se quedó esperando y eso que necesita. Ser su padre/madre ideal (REPARENTING)
  6. Integrarlo en nosotros. Forma parte del todo que somos, sin división.

 

Una herramienta que puedes poner en práctica para liberar las emociones, es la escritura. Puedes utilizarla también para darle un nuevo significado a la experiencia, saca nuevas conclusiones que te ayuden a sustituir las creencias limitantes que te creaste en base a aquella vivencia.

Otra forma de trabajar con nuestro niño interior y conectar con todas esas partes que se quedaron divididas, es a través del «análisis transaccional», un método derivado de la psicología humanista propuesto por Eric Berne.

Desde el paradigma del análisis transaccional, observaron que todos los seres humanos no siempre nos comportamos igual, y según la teoría, todas las personas nos relacionamos desde tres estados del “yo” *, aunque el grado de desarrollo de cada uno pueda ser diferente: El padre, el adulto y el niño.

 

*Los estados del yo pertenecen a la teoría de la personalidad elaborada por el análisis transaccional, entendiéndolos como un conjunto de pensamientos, sentimientos y acciones que forjan la personalidad del ser humano.

Estos estados funcionan como si fueran entidades diferentes dentro de cada uno de nosotros y es una forma de objetivizar y delimitar las diferentes partes de nosotros mismos:

 

PADRE: Dicta las reglas, juzga, moraliza y sería la que dice (en alguna de sus formas): «Tienes que hacer esto o hacer esto otro»

ADULTO: Nuestra parte racional, más lógica obtiene información y la procesa buscando soluciones a los problemas.

NIÑO: Siente, necesita, desea, sueña y se muestra espontáneo, vital y expresivo.

 

Cada una de estas partes representa una voz en nuestro interior que nos mueve en diferentes direcciones, sobre todo si no están de acuerdo. Si estás voces no se ponen de acuerdo, me crearán un conflicto interno. De manera que debemos aprender a escuchar esas voces, ese diálogo interior.

Identificar todos esos «yoes» y aprender a educarlos y domesticarlos, para que en lugar de estar al servicio de ellos sean esas partes las que estén a nuestro servicio. Podemos tener voces de diferentes padres, diferentes adultos y diferentes niños, según nuestras heridas y todas las figuras que fueron significativas para nosotros.

Autoeducarnos consiste en ser capaces de administrar cada una de esas partes: dónde es funcional para mí que aparezcan y lleven la voz cantante, dónde no lo es. Alimentar las partes que necesito que estén más presentes, liberar las que me hacen sentir bien y hace tiempo que no aparecen (siguen ahí, siempre han estado ahí).

  • ¿Qué parte de ti está tomando el mando?
  • ¿Qué parte de ti te gustaría desarrollar?
  • ¿Cuál/cuáles te acerca a esa persona que decides SER?
  • ¿Cuál de tus partes has olvidado y te gustaría rescatar?

 

VOLVER A CREAR EL VÍNCULO CON NUESTRO NIÑO INTERIOR

 

Victoria Cadarso en su maravilloso libro «Abraza a tu niño interior. Nuca es tarde para sanar tu infancia», nos propone tener en cuenta una serie de puntos a la hora de volver a crear el vínculo con nuestro niño interior.

«Los niños necesitan ser escuchados con atención, que los adultos se interesen por sus cosas, que quieran saber más. Sin juicios y tomándonos todo lo que nos responde con el máximo respeto, esta escucha consiste en preguntarles desde el amor:

  1. Qué siente, qué está experimentando en su cuerpo. (Sensaciones corporales)
  2. Qué reacciones físicas siente. Las manifestaciones físicas inconscientes son formas de autoestimularse normales en los niños que no recibieron mucha atención ni contacto físico.
  3. Las sensaciones corporales y las reacciones físicas son la base de las emociones que tenemos que aprender a identificar. Hay que saber preguntar por las emociones presentes y las que no están presentes.
  4. Las emociones siempre van asociadas a los recuerdos de nuestras experiencias. Los recuerdos son los hechos junto a las emociones y con el significado que tuvo la experiencia para nosotros.
  5. Nos explicamos estas experiencias con nuestros pensamientos. Estas experiencias van formando las creencias, que son las conclusiones a las que llegamos por lo que nos ha pasado y que están en la base de los *guiones de nuestra vida.
  6. Estás conclusiones suelen ir acompañadas de decisiones de las que muchas veces no somos conscientes y marcan un cambio en nuestra forma de abordar la vida.
  7. Esta experiencia tiene un significado que depende de las conclusiones y decisiones que hemos tomado. (Positivo, negativo o ambos)
  8. A raíz de estos significados podemos tener diferentes expectativas sobre lo que nos va a pasar en el futuro, como resultado de lo anterior. Si preguntamos por las expectativas podemos deducir qué experiencias nos han hecho llegar a esa conclusión. Normalmente son expectativas negativas.
  9. Podemos tener expectativas positivas o esperanzas de cosas que ansiamos: imaginamos que nos mantienen la ilusión y motivación por seguir vivos.

 

Si nos interesamos por todos esos aspectos, habremos cubierto todas las posibilidades. Podemos imaginarnos hablando con nuestro niño interior y esperando su respuesta o podemos hacerlo escribiendo las preguntas y las respuesta que creemos que nos daría nuestro niño interior».

 

AUTOCOMPASIÓN 

 

La autocompasión nace de forma natural en los momentos en que reconocemos que estamos sufriendo. Llega a su máxima expresión cuando intencionalmente alimentamos nuestro ser interior con autoamor, autoternura, autoafecto y bondad.

 

Trata de identificar qué es lo que más necesita tu parte herida, asustada o lastimada, y luego ofrécele algo de cuidado.

¿Necesita un mensaje de consuelo?, ¿de perdón?, ¿de compañía?, ¿de amor?…

Identifica eso que estás necesitando, puede ser un susurro mental de “estoy aquí contigo”, un “lo siento», un «te amo”, “no es tu culpa”, “confía en tu generosidad», un «todo saldrá bien»

Si te cuesta o te resulta muy difícil darte ese amor a ti mismo, trae a tu mente a un ser amoroso (una figura espiritual, un familiar, un amigo o mascota) e imagina que el amor de ese ser está entrando en ti.

Ya te he contado que visualizar a tu niño interior te resultará muy útil. Cuando la intención de despertar la autocompasión es sincera, el más pequeño gesto de amor, de ofrecer amor, aún si al principio te parece raro, nutrirá tu corazón. Para desarrollar la autocompasión necesitamos del contacto directo y honesto con nuestra propia vulnerabilidad.

Sin embargo, cuando nos hemos quedado atascados en el trance de la indignidad (la autocrítica y juicio constante, la suposición de “hay algo mal en mí” ), nos es complicado poder sentir esa autocompasión.

**Pequeña parte de la práctica RAIN de Tara Brach que te compartí al completo en un artículo anterior.

 

¿En qué medida despiertas contigo esa compasión que le ofreces a los demás? (Solemos ser muy duros con nosotros mismos)

 

 

De corazón espero, que todo lo que comparto, te ayude a iluminar allí donde más oscuro se ve.

Un abrazo.

Manual de autosanación: «HERIDA. Comprender y sanar a mi niña interior» Un viaje a tu interior que se compone de 30 capítulos y 13 anexos. 594 páginas que te ayudarán a identificar tus propias capas de dolor, de qué se compone cada una de ellas, que entiendas la función que cumplieron y de qué te intentaron e intentan proteger, qué las detona y cuál es su secuencia.

Herramientas de vida: «TRABAJAR EN MÍ». Una guía que te ayuda a identificar y transformar cada uno de los comportamientos y conductas que te vienen saboteando, en recursos que te impulsen y te ayuden a ver tu realidad desde otro lugar.

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Te acompaño en tu proceso: Te acompaño en ese viaje hacia lo más profundo de ti, a ir soltando todo lo que no te pertenece, a ir poniendo luz a esas partes que tuviste que esconder, ir renunciando a la esclavitud de la aceptación de otros, volver a sentirte segura siendo tú. Sentirte adulta, aceptarte y poder darte la incondicionalidad legítima que un día quizás no recibiste y que aún hoy estás necesitando. Pregúntame sin compromiso.

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